La
fuerza de la cultura podrá
evitar el choque de civilizaciones
Umberto Eco
Umberto Eco
es escritor y semiólogo italiano. Es quizá más
conocido por la publicación de su exitosa novela El nombre de
la rosa. Este es el texto del discurso pronunciado en Jerusalén
con motivo del doctorado honoris causa que le fue concedido por la Universidad
Hebrea.
En el Libro de los Reyes: 1,19, cuando Elías, que se encontraba
en la gruta del Monte Horeb, fue llamado a la presencia del Señor,
un fuerte viento sopló desde las montañas y quebró
la roca. Sed non in vento Dominus, dice la Vulgata, pero el Señor
no estaba en el viento. Después del viento llegó un tumulto
de tierra y aire, mas non in commotione, non in commotione Dominus,
el Señor no estaba en ese tumulto. Y después del tumulto
llegó el fuego, mas non in igne Dominus, pero el Señor
no estaba en el fuego. Me perdonarán si no cito la versión
hebrea original, pero creo que el significado del episodio no cambia,
y en todo caso así lo aprendí yo de niño y la historia
dejó en mi alma una huella profunda.
No se puede encontrar a Dios en el ruido, Dios sólo se revela
en el silencio. Dios no está nunca en los medios de comunicación,
Dios no está nunca en la primera página de los periódicos,
Dios no está nunca en la televisión, Dios no está
nunca en Broadway. Él estaba en el alma de Elías, Dios
estaba en Qumran, estaba en los monasterios benedictinos de la Edad
Media, estaba en los guetos españoles donde los primeros cabalistas
experimentaban las infinitas combinaciones de las letras de la Torá.
Dios está donde no hay barullo. Esta máxima también
es válida para quien no cree en Dios, pero cree que en alguna
parte hay una Verdad que descubrir. La Verdad no se encuentra en el
tumulto, sino más bien en una búsqueda silenciosa.
En el trasiego del mundo de hoy los lugares del silencio permanecen
y siguen siendo las universidades. Sin embargo, son pocos los lugares
en los que es posible la comparación racional entre diversas
visiones del mundo. Nosotros, la gente de universidad, estamos llamados
a librar sin armas letales una infinita batalla por el progreso del
saber y de la compasión humana.
No soy tan ingenuo como para olvidar que el saber no trae automáticamente
paz y piedad, porque ha ocurrido en la historia que hombres que amaban
a Brahms o a Goethe han sido capaces de organizar campos de exterminio.
Pero en un gran porcentaje, el progreso del saber todavía puede
producir, debe producir, resultados, y para alcanzar estos objetivos
debemos continuar nuestra misión, aunque a nuestro alrededor
el mundo salte por los aires. No estamos encerrados en una torre de
marfil. Trabajamos para todos nuestros hermanos más allá
de los muros.
Los siglos antiguos, e incluso los modernos, han sido escenario del
colonialismo, del racismo, de la intolerancia. Para el mundo occidental,
la llamada responsabilidad del hombre blanco era considerar la civilización
occidental y cristiana como la única posible, de aquí
el derecho y la misión de convertir a todos aquellos que seguían
un modelo cultural diferente; por no hablar de actitudes similares en
el mundo no occidental, inspiradas por el odio a los europeos y a las
distintas formas de fundamentalismo religioso.
Pero fue en el ambiente de las universidades y de las sociedades cultas
occidentales donde el mundo moderno inventó este nuevo acercamiento
a las culturas y las civilizaciones denominado antropología cultural.
Gracias a los estudios de los antropólogos culturales del siglo
XIX (pero siguiendo ideas ya sugeridas por Montaigne, Locke y la filosofía
de la Ilustración) hemos sabido que existen otros modelos culturales
orgánicos en sí mismos, que debían reconocerse,
comprenderse en su lógica interna y respetarse.
La antropología cultural, al sustituir el concepto de raza por
el de cultura, ha obrado en profundidad con el fin de hacernos más
conscientes de la pluralidad de las culturas y del derecho de toda cultura
a sobrevivir, siempre que su supervivencia no perjudique los derechos
de los demás.
La antropología cultural no ha cambiado el mundo. Mientras que
los antropólogos nos han enseñado a reconocer y respetar
distintos comportamientos culturales, distintas religiones y costumbres
étnicas, el mundo occidental ha producido los Protocolos de los
Sabios de Sión, mientras que los primeros medios de comunicación,
desde las novelas populares hasta las películas de Hollywood,
alentaban una visión del Otro como un malvado: los feroces indios,
el negro estúpido obligado a un destino de eterna esclavitud
por su irremediable inferioridad, el diabólico doctor Fu Man
Chu, y así sucesivamente.
Éste es exactamente el motivo por el que, hoy más que
en el pasado, es deber de una sociedad culta utilizar todos los instrumentos
que proporcionan los nuevos medios de comunicación para difundir
las ideas de los primeros antropólogos culturales.
Hace diez años, François Mitterrand fundó en París,
bajo la presidencia de Elie Wiesel, la Académie Universelle des
Cultures, una institución que reúne a escritores, científicos,
artistas y sobre todo universitarios de todo el mundo, entre ellos mi
amigo Pet Ahlmark. El estatuto de la Academia dice que ésta “promoverá
la investigación científica, encuentros y colaboraciones
creativas y alentará cualquier contribución a la lucha
contra la intolerancia, la xenofobia, la discriminación de las
mujeres, el racismo y el antisemitismo” y que “se compromete
a difundir sus propias ideas a través de los colegios, los medios
de comunicación y los instrumentos futuros del saber”
Al aproximarse el tercer milenio, el mundo ha sido devastado por acontecimientos
trágicos como la invasión de Kuwait, la guerra del Golfo,
los terribles conflictos raciales en los Balcanes y aún ignorábamos
lo que iba a ocurrir después, hasta la guerra de hoy contra el
terrorismo. Al intentar entender qué se podría hacer para
educar a los pueblos del mundo en una visión positiva de la diversidad
cultural y étnica y en la tolerancia, nos hemos dado cuenta de
que no servía convencer a una persona, digamos que de cuarenta
años, un hombre o una mujer que en ese momento mataba, violaba
o humillaba a quienes no pertenecían a su modelo cultural. Para
ellos era ya demasiado tarde. Debíamos empezar por sus hijos.
Así, la Academia ha abierto un sitio Internet, academie-universelle.org
–en fase de organización– para proporcionar a los
profesores y educadores de todo el mundo instrumentos intelectuales
(ideas, ejemplos, ejercicios prácticos) con el fin de enseñar
a los jóvenes que viven en contacto con personas de origen distinto
que su recíproca diversidad no es un obstáculo para la
vida en común, sino más bien una fuente de enriquecimiento
mutuo.
Nosotros decimos que no nos volvemos iguales negando la existencia de
las diversidades. Las diversidades existen y hay que reconocerlas. Empecemos
por los rostros, los vestidos, incluso por la comida o el olor (digámosles
que no hay nadie que no tenga olor, y que normalmente no advertimos
el nuestro porque procede de nuestro cuerpo o de las personas que nos
rodean, que tienden a comer más o menos las mismas cosas que
comemos nosotros) y lleguemos a hablarles de diferencia de religión
o de la forma de interpretar la territorialidad. Pidamos a los niños
que descubran si en su zona habitan personas con bagajes culturales
diferentes, que nos describan en qué se diferencian de ellos,
pero también, dentro de su grupo de pertenencia, en qué
se diferencian unos de otros. Digámosles que es normal que en
un primer momento la diversidad de los otros no nos guste, pero que
ser diferentes no significa ser malos. Nos hacemos malos cuando queremos
impedir a los demás que sean diferentes. Digamos a los niños
que las diferencias hacen del mundo un lugar interesante en el que vivir.
Si no hubiese diferencias no podríamos entender siquiera quiénes
somos: no podríamos decir “yo” porque no tendríamos
un “tú” con el que compararnos. Digamos que igualdad
significa que cada uno tiene derecho a ser distinto a todos los demás.
Intentemos hablar a los niños de los estereotipos racistas, de
la intolerancia, del prejuicio, de los guetos, de las favelas, del apartheid,
de la deportación, del genocidio. Uno de los ejercicios que proponemos
ya lo ha experimentado una educadora estadounidense que en su clase
dividió a los chicos en dos grupos, los rojos y los azules. Durante
la primera semana, la profesora no se ocupó en absoluto de los
rojos, les negaba la palabra, no les alababa cuando hacían algo
bien y les castigaba a la mínima equivocación. En cambio,
fue indulgente hasta el exceso con los azules, alabándoles continuamente
y perdonándoles cualquier comportamiento fuera de la norma. La
semana siguiente invirtió las partes, favoreciendo a los rojos.
De esta forma, los alumnos experimentaron tanto la sensación
de poder como el sufrimiento y las frustraciones de pertenecer al grupo
de los oprimidos y los excluidos. La enseñanza que hay que sacar
es que si has sufrido como miembro de un grupo oprimido, debes hacer
que en un futuro otros no padezcan tus mismos sufrimientos.
Nuestro sitio que no hace ruido es sólo un ejemplo, pero refuerza,
espero y creo, mi idea de que sólo los centros de enseñanza,
y entre ellos sobre todo la universidad, son todavía lugares
de confrontación y discusión recíprocas, en los
que podemos encontrar ideas mejores para un mundo mejor, como el refuerzo
y la defensa de los valores universales fundamentales, que no hay que
tener en las estanterías de una biblioteca, sino difundir con
todos los medios posibles.
¡La universidad (e incluso la escuela elemental) como fuerza de
paz! En mis sueños más osados veo la imagen de un ambiente
académico en el que se puede hablar pacíficamente incluso
de los problemas más insolubles de nuestro tiempo.
Qué imagen tan bella, la de una universidad en la que en un futuro
próximo pueblos diferentes puedan sentarse a resolver juntos
los problemas de esta tierra santa y martirizada en una interacción
fructífera y leal entre hombres de buena voluntad.
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