Bienvenidos
al desierto de lo real
Slavoj
Zizek
Cuando
Neo, en el filme de los hermanos Wachowski, despierta en la realidad
real, Morpheus lo recibe con ironía: “Bienvenido al desierto
de lo real”. Igualmente, al improviso, lo impensable sucedió
en Nueva York: aquello que era objeto de la fantasía, realmente
ocurrió: el “afuera” ingresó. Slavoj Zizek
percibe que, si hay algún simbolismo en el derrumbe de las
torres, no se trata tanto de la vieja noción sobre el “centro
del capitalismo financiero” sino más bien de la idea
de que ambas torres representaban el capitalismo virtual de la especulación
financiera, desconectada de la esfera de producción material...
La última
fantasía paranoica norteamericana es la de un individuo que
vive en un idílico pueblo californiano, un paraíso del
consumo y de pronto comienza a sospechar que el mundo en el que vive
es una farsa, un espectáculo montado para convencerlo de que
vive en la realidad, un show en el que todos a su alrededor son actores
y extras. Un ejemplo reciente es The Truman Show, de Peter Weir, en
la que Jim Carrey encarna al empleado local que gradualmente descubre
la verdad: que él es el héroe de un show televisivo
transmitido las 24 horas y que su pueblo es, en rigor, un gigantesco
set de filmación por el que las cámaras lo siguen sin
interrupción. Entre sus predecesores, vale la pena mencionar
la novela Time Out of Joint (1959) de Philip K. Dick, en la que el
héroe también vive en un pueblito californiano, a fines
de los años ciencuenta y gradualmente descubre que toda la
ciudad es una farsa montada para mantenerlo satisfecho... En ambos
casos, el mensaje es elocuente: el paraíso del consumo capitalista
es, en su hiperrealidad, irreal, insustancial, privado de toda inercia
material.
El filme Matrix, de los hermanos Wachowski, llevó esta lógica
a su clímax: la realidad material en la que vivimos es virtual,
generada y coordinada por una megacomputadora a la que todos estamos
conectados; cuando el héroe (Keanu Reeves) despierta a la “realidad
real”, lo que ve es un paisaje desolado, sembrado de ruinas
humeantes: lo que quedó de Chicago después de una guerra
mundial. Morpheus, el líder de la resistencia, lo recibe con
ironía: “Bienvenido al desierto de lo real”. ¿No
fue algo de un orden similar lo que sucedió en Nueva York en
11 de septiembre? Sus ciudadanos fueron introducidos al “desierto
de lo real”; a nosotros, corrompidos por Hollywood, la imagen
de las torres derrumbándose no pudo sino recordarnos las pasmosas
escenas del cine de catástrofes.
Cuando escuchamos hablar de lo inesperados que resultaron los atentados,
deberíamos recordar la otra catástrofe crucial, a comienzos
del siglo XX: la del Titanic. Aquello fue un shock porque, en la fantasía
ideológica, el trasatlántico era el símbolo de
la civilización industrial del siglo XIX. ¿Se puede
afirmar lo mismo de los atentados? No sólo los medios nos bombardeaban
con el discurso de la amenaza terrorista; sino que esta amenaza estaba
obvia y subliminalmente abonada (basta con recordar películas
como Escape de Nueva York o Día de la Independencia). Lo impensable
que sucedió ahora era, a su vez, objeto de fantasía:
de alguna manera, Estados Unidos tuvo lo que tanto fantaseaba, y ésta
fue la mayor sorpresa.
Ahora, mientras lidiamos con la cruda realidad de la catástrofe,
debemos considerar las coordenadas ideológicas que determinan
la percepción de estos atentados. Si hay algún simbolismo
en el derrumbe de las torres, no es tanto la vieja noción de
“centro del capitalismo financiero” sino, más bien,
la noción de que ambas torres representaban el centro del capitalismo
virtual, el capitalismo de la especulación financiera desconectada
de la esfera de producción material. El demoledor impacto de
los atentados es percibido como la frontera que separa el Primer Mundo
digitalizado del Tercer Mundo, “desierto de lo real”.
La conciencia de que vivimos en un universo aislado y artificial genera
así la noción de que un agente ominoso nos amenaza permanentemente
con la destrucción total.
Osama bin Laden sería, en consecuencia, la versión real
de Ernst Stavro Blofeld, el cerebro diabólico que planea formas
de destrucción planetaria en las películas de James
Bond.
Lo que uno debería recordar es que el único momento
en las películas de Hollywood en que vemos el proceso de producción
en toda su intensidad es cuando Bond penetra en la guarida secreta
del cerebro diabólico y localiza en ella el centro de la producción
criminal: el destilado y empaquetado de drogas, la construcción
de un cohete o un rayo láser capaz de destruir Nueva York.
Siempre, tras capturar a Bond, el criminal le ofrece un tour por sus
instalaciones.
¿Y, según Hollywood, no es esto lo más cercano
a una orgullosa exposición de los métodos de producción
socialista en una fábrica? La función de Bond es, por
supuesto, volar todo por los aires, permitiéndonos volver a
nuestra rutina en un mundo “sin clase obrera”. ¿Y
no es el derrumbe de las Torres Gemelas esta misma violencia dirigida
del amenazante Afuera estallándonos en la cara? La esfera en
la que viven los norteamericanos se encuentra amenazada desde Afuera
por terroristas despiadados y cobardes, brillantes y primitivos.
Cada vez que encontramos un mal externo en estado tan puro, deberíamos
reunir el valor para recordar la lección hegeliana: en este
Afuera puro, debemos reconocer una versión destilada de nuestra
esencia. Durante los últimos siglos, la prosperidad del Occidente
“civilizado” se ha conseguido a través de la sistemática
exportación de violencia y destrucción al Afuera “bárbaro”
–de la conquista del Oeste a las matanzas en el Congo.
Este “retorno a lo Real” dispara tramas hasta ahora impensadas.
Para comentadores derechistas como George Will, esto marca el final
de “las vacaciones que Estados Unidos se ha tomado del curso
de la Historia”: el impacto de la realidad desmorona la torre
de la tolerancia y los estudios culturales. Ahora, Estados Unidos
debe responder, debe enfrentar enemigos reales en el mundo real. ¿Pero
a quién? Cualquiera que sea la respuesta, nunca van a pegar
cien por ciento en el blanco, nunca van a estar cien por ciento satisfechos.
El ataque norteamericano a Afganistán fue el colmo de lo ridículo:
si la mayor potencia mundial destruye uno de los países más
pobres del planeta, ¿no estaríamos frente al epítome
de la impotencia?
Hay algo de cierto en la noción de “choque de civilizaciones”
de la que se habla. Imaginen la sorpresa de un norteamericano promedio:
“¿Cómo es posible que esta gente aprecie tan poco
su propia vida?”. Ahora bien, ¿no es el reverso de esta
sorpresa el triste hecho de que nosotros, en nuestro Primer Mundo,
encontremos cada vez más difícil siquiera imaginar una
causa pública o universal por la que estaríamos dispuestos
a sacrificar nuestra vida?
Ahora, en los días posteriores al atentado, oscilamos entre
un evento traumático y su impacto simbólico, como en
ese momento posterior a un corte profundo, cuando vemos la herida
pero el dolor todavía no nos golpea plenamente. Ya se puede
vislumbrar en qué símbolo se transformará este
evento, cuál será su eficiencia y cómo se lo
evocará para justificar actos posteriores. Pero este proceso
nunca es automático, ni siquiera en los momentos de mayor tensión.
Y ya aparecen los primeros síntomas: el día posterior
al atentado recibí el llamado de una revista para la que había
escrito un artículo sobre Lenin; me avisaban que habían
decidido postergar su publicación por considerar inoportuno
hablar de Lenin bajo estas circunstancias.
¿No señala esto la dirección de las ominosas
rearticulaciones ideológicas que vendrán? Puede que
no sepamos con exactitud cuáles serán las consecuencias
económicas, ideológicas y militares que traerán
los atentados, pero una cosa es segura: Estados Unidos ya no se puede
considerar a sí mismo una isla aislada que presencia los acontecimientos
mundiales a través de una pantalla. ¿Qué decisión
tomarán?
Hasta ahora, lo único seguro es que intensificarán su
actitud: “¿Por qué debería sucedernos esto?
Estas cosas no pasan acá”. Actitud que, por supuesto,
aumentará la paranoia y, por lo tanto, el grado de agresión
hacia el temible Afuera.
La otra opción es que se arriesguen a aceptar su llegada al
mundo real y superen el “esto no debería suceder aquí”
para acceder al “esto no debería suceder en ninguna parte”.
Pero para eso, los norteamericanos deben aceptar también que
nunca se tomaron “vacaciones del Curso de la Historia”,
sino que su paz se compró con base en catástrofes en
otras partes. Ahí reside la verdadera lección de estos
atentados.